jueves, 30 de octubre de 2008

Elipsis

Sr. Equis parte III
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Tu caminar me lleva a un sendero del que nadie ha vuelto aún; la muerte.

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Hace un tiempo ya, y bastante largo por lo demás, que no lo veía ni tenía noticias de él. Lo último que supo, e indirectamente, fueron los sentimientos escritos en aquella extraña carta que recibió. Por más que lo buscó no lo encontró y lo más extraño de todo es que la Señorita Equis ni siquiera entendió aquella carta.
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Salió como todos los días, tarde con un vaso de café en la mano y sus cosas en la otra; desesperada. No se explicaba como la hora que separaba a las 7 de las 8 de la mañana pudiese pasar tan rápido. Sus deseos eran que hubiese más tiempo de separación, pero era imposible. Solo le restaba levantarse más temprano. Pero no podía. Se dirigió a su rutinario día, con la esperanza de que pasara tan rápido como pasaba aquella hora de la mañana; y así fue. Sin darse cuenta ya eran las 8 de la noche y debía volver como siempre a su casa, sola, donde nadie la esperaba, donde no había alma que le preguntase como había estado su día. Y eso la deprimía. Tomó sus cosas y se dirigió a su auto, pero aquel día no deseaba manejar, por lo que lo dejó en el estacionamiento y decidió que caminaría. Llevaba un par de minutos caminando, cuando le pareció divisar al Señor Equis en la cuadra contraria. Su corazón se aceleró; había pensado tanto en ese momento, en qué haría, qué le diría. Todo se le olvidó; hasta como caminar. Quería gritarle para que el se diera cuenta de su presencia, pero las palabras no le salían. Se apresuró lo más que pudo. Cruzó la calle y llegó a su espalda. Ella solo quería una explicación, saber donde había estado todo ese tiempo y por qué la había dejado así, sin más. Optó por llamarlo a su celular. No quería asustarlo, pero él no lo llevaba consigo, y recordó que ya había intentado comunicarse con él de esa forma, no dando resultado. Frustrada se quedó detrás de él, esperando a que se diera cuenta de su presencia y se volteara, pero no sucedió, y fue entonces, repentinamente cuando lo comprendió todo. Cuando entendió aquella carta; había muerto. La persona que más había amado en el mundo ya no estaba, se había quitado la vida, y ella no se había dado por enterada. Lloró desconsoladamente parada en la misma esquina en onde creyó que estaba el Sr. Equis. Buscó un lugar donde sentarse, ya que sentía que se desmayaría. Tenía el corazón presionado contra su pecho. Sus pulmones no le acompañaban con el aire que le proporcionaban en ese momento; ella necesitaba más. Y sintió una mano en su hombro. Se dio vuelta, pero no había nadie, y eso mismo que le había tocado el hombro ahora secaba sus lágrimas. Deseo profundamente que fuese un sueño, mas no lo era. Se dejó acariciar por un rato que no supo si fueron segundo u horas. Por primera vez, luego de dos semanas se sintió acompañada e irónicamente estaba acompañada por la nada. Estaba sola, más sola que cuando nació, más de lo que estaría cuando muriera y lo deseo. Deseo la muerte sobre su cuerpo, que se la llevara lejos. Ya nada tenía sentido, más que sentir su soledad. Su pena, que por efímera que fuera, era el sentimiento más profundo que podía llegar a sentir, y no solo ella, sino que yo y la humanidad también. Pero la muerte no llegaba, por más que lo quisiera no iba a llegar. Ese no era su día ni su hora. Por monótona que fuera su vida, eso a la muerte no le importaba, por lo que solo le quedaba seguir viviendo como lo había hecho hasta ahora, en su profunda y triste soledad de lo que algunos llaman vida, y lo que otros llaman infierno, porque si el infierno existe, la Srta. Equis lo llevaba dentro.
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El tiempo no cura absolutamente nada, sólo te enseña a ocultar de la mejor manera posible.