domingo, 7 de septiembre de 2008

Plectro

Sr. Equis parte I
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Se bajó del metro más o menos a las 22:45; quince minutos más tarde de la hora que habíamos acordado juntarnos. Tomó su celular para llamarme y saber en donde estaba pero no le contesté. Decidió preguntar donde quedaba el bar. Recorrió varias cuadras hasta que dio con un negocio abierto, le consultó al garzón si conocía un bar-restauran llamado “TRA-Bar” a lo que el garzón le responde que se encontraba en él.
Más relajada ya, por haber llegado bien, me comenzó a buscar en la barra pero no estaba. Se sentó, abrió su cartera, buscó sus cigarros. Los abrió, sacó uno y el barman le ofreció fuego y ella le ofreció un cigarro; como si nada ambos rieron. Pidió una cerveza para pasar el rato, ya que no era normal que yo no fuese puntual o que llegase con 30 minutos de tardanza.
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Ella miraba su celular cada cierto tiempo para asegurarse que estuviese prendido y que esa no fuera la razón del por qué yo no me comunicaba con ella. Se empezó a preocupar, y me volvió a llamar. Mi celular sonaba y sonaba en mi bolsillo, pero no podía contestar. No podía.
Colgó el teléfono y lo guardó. Miraba a su alrededor pensando que quizás yo no la había visto y que me podría haber sentado en otra mesa, o en otro lugar, pero nuevamente no me encontró. Se sentía sola e insegura, había algo en su interior que la inquietaba, pero se decía a si misma que sólo debía ser porque no conocía a nadie en aquel lugar. Y mientras pensaba que no conocía a nadie en aquel lugar, el barman se le acercó y le invitó otra cerveza a la que entre risas, aceptó. Y comenzaron a conversar.
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Es extraño como comienzas a conversar con alguien que no conoces, que jamás has visto. No sabes si empezar por preguntar el nombre, si es de Santiago, si estudia o cuales son sus planes de vida. Pero ellos al haber comenzado con una risa, ya tenían un paso ahorrado: el entrar en confianza.
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Lo primero que le preguntó fue si trabajaba, a lo que ella le respondió que si, donde y en qué. Ella le preguntó de vuelta si le gustaba trabajar de barman a lo que él le respondió que sí y porque, y así fue como comenzaron a conversar. Intercambiando puntos de vista, contándose anécdotas, riéndose de lo que decía uno o el otro, como si se hubiesen conocido de toda la vida.
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Por un momento ella se había olvidado de por qué estaba ahí, pero lo recordó. Miró la hora: 01:30 del día siguiente. Su corazón se aceleró y pensó que ya definitivamente yo no llegaría. Abrió su cartera y sacó el segundo cigarro de la noche, pero esta vez el barman no estaba para ofrecerle fuego, por lo que tuvo que hurguetear en su cartera a ver si encontraba, pero en vez de eso, se encontró con un sobre negro sin escrituras por fuera. No sabía porque, pero sintió temor de lo que pudiese haber dentro, debido a que ese sobre no era suyo; ella no lo había echado ahí.
Preguntó donde se encontraba el baño y se dirigió hacia el. Se miró en el espejo y notó un brillo especial en sus ojos y recordó al barman. Sintió vergüenza. Se lavó la cara muchas veces tratando de recobrar el sentido, miró alrededor y reparó en una silla, y se sentó. Sacó su sobre negro y con gran dificultad, debido al temblor de sus manos, pudo obtener el contenido de su interior. Era una carta. Mi carta.
La miró por mucho rato sin decidirse a leerla. Se preguntaba quién se la habría escrito, cómo había llegado a su cartera y sobre todo que sería tanto lo que alguien tenía que decirle que lo había hecho en cinco hojas. Sintió la tentación de mirar al final para saber quien firmaba, pero no, comenzó por donde era lógico, el principio.
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Que ganas de haber estado ahí con ella, de haber sido yo mismo quien le leyera aquellas dolorosas palabras; pero no pude llegar. Que ganas de haber estado ahí para consolarla, para haber secado con mi boca aquellas lágrimas que rodaban por sus mejillas mientras sus ojos recorrían mis líneas. Que ganas de haber estado ahí para ti. Pero no pude.
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Había leído más de la mitad cuando se detuvo a pensar, a tratar de entender todo lo que estaba escrito, ya que le era absolutamente confuso; no entendía nada. Quería saber muchas cosas, pero yo no estaba para respondérselas y sintió rabia. Siguió leyendo.
Destrozada, desagarrada, con un llanto absolutamente desconsolador y tirada en el piso se encontraba cuando el barman entró en el baño. Se arrodillo junto a ella, la tomó de los brazos y la levantó. Observó su cara por mucho rato, tratando de entender que era lo que le pasaba. Hace un rato estaba allá afuera conversando con él feliz de la vida y ahora la encontraba absolutamente desamparada. La abrazó mientras le acariciaba el cabello y con la otra mano recorría su espalda. Sentía deseos de besarla, pero no podía, no en aquellas circunstancias. Le preguntó si necesitaba algo, pañuelos, agua, licor, un cigarro o aire, y ella respondió que sólo necesitaba la muerte. Con aquella respuesta a él se le heló la sangre y le preguntó si de verdad quería morir y ella asintió con su cabeza.
La volvió a sentar en la silla, recogió los papeles esparcidos en el suelo, le sacó un cigarro de la cartera, lo encendió y se lo pasó, le dijo que se iría un momento, que se quedara ahí, que volvería en seguida.
Y así lo hizo, se quedó en la silla, con la vista fija en el suelo pensando en cual habría sido mi motivo para haberme ausentado aquella noche y sobre todo, que era lo que me había llevado a escribir mi carta y porque no se lo había dicho a la cara. Mientras trataba de encontrar respuestas, volvió a entrar el barman, a quien después de todo lo conversado ni siquiera le había preguntado el nombre. Lo vio parado en el umbral de la puerta con otra silla bajo el brazo, dos vasos y una botella. Le pidió que se quedara ahí por un momento y lo observó.
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No tenía cabello, pero se imaginaba que debía ser de un color oscuro, ya que su barba lo era. Sus ojos eran grandes, de un color café claro y una mirada inquisitiva. Su piel blanca, pero que armonizaba con las pecas de sus mejillas alborotadas en la nariz que resaltaba frente a su boca, ya que esta última era de un color pálido pero que daban ganas de besar.
Dejó sus cosas en el suelo y se acercó a la puerta, caminando lenta y cautelosamente. Le sacó la silla que tenía bajo el brazo y la dejó a un lado; tomó la botella y los dos vasos y los dejó en el mueble más cercano. Le tomó las manos y le pidió que saliera de la puerta, que entrara y el obedeció. Cerró la puerta con pestillo y acercó su cuerpo junto al de él. Se comenzaron a besar, desesperadamente, dejándose llevar por el deseo y ella a su vez por la rabia.
Había dejado de pensar en mí, se había olvidado de mi existencia. Y sonó su celular. Era yo.
Confusamente buscó su cartera entre la ropa tirada en el piso, sacó su celular y sin mirar el nombre de quien llamaba, contestó. Era yo.
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Me insultó, me agredió, pero no me dio oportunidad de explicarle que era lo que había pasado, porque me había ausentado y que por qué en mi lugar había llegado el “barman”. Me cortó el teléfono y siguió en lo suyo. Mientras yo estaba encerrado entre cuatro paredes negras con ningún ruido a mí alrededor, bajo 3 metros de la tierra mundana, absolutamente preocupado de que sería de ella ahora que yo no estaría más.
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