.
Soledad parte V
.
Silenciosa y lentamente fui cayendo. Apacible y despreocupadamente.
No corría riesgo alguno puesto que estaba bajo una profundidad cálida, pero a su vez sin saber que era o en donde estaba.
Pregunté incansablemente que era “eso” en donde me encontraba; pero nadie sabía su nombre, o (…) nadie quería decírmelo.
No me conocían.
Recorrí mucho tiempo, buscando, rodando; rodando y buscando, esperando con unas ansias enormes en mi alma el poder saber donde estaba; poder saber que era eso tan grande en donde vivía.
Mientras recorría, fui conociendo y explorando lugares inhóspitos, yermos; desolados. Lugares nuevos. Terrenos que mis ojos jamás habían visto ni imaginado ver; que ninguna vez habían sido revelados.
Habían veces en las que me daban ganas de quedar, pero no podía, sabía que debía seguir, que no me podía detener, ni mucho menos distraerme del objetivo, mi objetivo final.
Pero silenciosa y lentamente comenzó a suceder, intuía que en algún momento pasaría. Me impacté. Me aterré.
No pude seguir respirando y ascendí.
Cerré los ojos de miedo, no quería ver, pero seguía sin saber en donde estaba, cual era su nombre, como se llamaba.
Abrí los ojos.
Ya no era el mismo lugar; estaba sobre él.
No sabía nada, que hacer, a donde ir, ni como respirar o moverme. Pero podía estar ahí, claro que dejé de sentir la tranquilidad, sentir la quietud y dar paso a la inquietud.
Cerré los ojos.
Y lo entendí.
Acercándome al abismo, estando a punto de caer, comprendí que no tenía que probar que para volar necesitaba alas, sino que lo único que debía hacer era mirar y sentirme.
Abrí los ojos, y mi corazón supo por primera vez del sabor de la hiel, del frío más helado; de la sospecha temida: mi vida se acababa.
Me había consumido al tiempo; él había consumido de mí.
Había pensado que llegaría, sí, pero esta vez no lo hacía, ni siquiera lo temía, simplemente lo vivía en mi propio cuerpo.
Lenta y progresiva vivía mi muerte, mi soledad, aquella soledad que sólo se siente cuando se nace; cuando se muere.
Cerré los ojos una vez más, para ver si al menos me quedaba alguna oportunidad, y mi alma logró ver lo que yo no había logrado en tanto tiempo, y me dio las respuestas, todas esas respuestas que no encontraba; cuando supe en donde estaba, dejé de respirar.
Mi existencia se había adaptado a una vida que no le correspondía.
Y renací.



