Incubus Parte II
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Remembranza de la primera noche en que te vi.
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Estabas sentado frente a un charco, observando como se reflejaba la Luna en el agua y preguntándote como sería tu aspecto. Yo sólo te observaba de lejos, distante, temerosa de que al verme no volvieras más a aquel lugar. Recuerdo tus lamentos y mis imperiosas ganas de ir hacia ti. Pero a pesar de la inmensa fuerza con la que me atraías, prefería mantenerme oculta.
Los días pasaban y yo me preguntaba constantemente quién eras, de dónde venías y por qué te observabas en aquel charco, que todas las noches impacientemente esperaba tu llegada al igual que yo.
Un día decidí acercarme a ti; me eras imposible de resistir, había algo en ti que llamaba enardecidamente mi atención y mi mente. Fue la primera vez que sentí algo así. Sin decir ni preguntar nada, me senté junto a ti. Me miraste fijamente, y con sólo esa mirada, atravesaste mi ser. Fue como eléctrico, como si me hubieses conectado algún transmisor de voltaje.
Una fría y a la vez calurosa sensación subió y bajo por cada rincón de mi ser, erizando todo lo que encontraba a su paso. Mi piel se heló, mi sangre hirvió, mis labios enrojecieron y mis dedos involuntariamente te acariciaron. Pero algo me distrajo. Mis nervios me apoderaron, tu mirada intensa sobrepasaba mi mirar; observé el suelo y vi aquel charco que con tanto afán contemplabas. En aquel charco, solo había un reflejo, el de la Luna. Y fue entonces cuando comprendí quien eras, cuando supe el por qué de tus lamentos, de donde venías, y lo que querías de mí. Que curiosamente era lo mismo que yo quería de ti.
Hoy, sigo yendo a aquel lugar esperando a que el azar me permita encontrarte una vez más y poder entregarte lo que querías de mí y cobrar, lo que yo quería de ti.


