sábado, 16 de agosto de 2008

Exégesis

Incubus Parte III
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Epístola: Andaban sin buscarse, pero sabiendo que andaban para encontrarse.
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Miró por última vez a su alrededor, buscando alguna excusa para no tener que abandonar aquel lugar, pero al encontrarse con que no había ninguna sensación extraña que se apoderara de su mente, concibió la última bocanada al espacio y partió.
Salió sin una ruta fija, dándole la oportunidad al camino para que le murmurara algún lugar donde ir. Pero inconscientemente sabía hasta donde quería llegar y se embarcó en la búsqueda, en su propia búsqueda; en la de su ser, su esencia; que por tanto tiempo había permanecido eclipsada.
Sentía nervios, ansias, ya que no sabía con que se iba a encontrar, pero siguió. Llegó al lugar acordado, donde le estaría esperando, y le invitó a recorrer el camino de la búsqueda, al cual accedió. Ninguno sabía hacia donde iban, hacia donde los llevaría el anochecer, pero la imaginación les fue haciendo todo más fácil, por lo que terminaron siguiéndola a ella, que hizo lo mejor para poder ayudar. Gracias a la imaginación, se pudieron ver y observar por horas, sin necesidad de nada, más que ellos y su búsqueda.
Siguieron al pie de la letra el mapa trazado por el paisaje, nunca sintiendo que se habían perdido o con ganas de retroceder, pero por un momento la inseguridad les habitó, pero la dejaron pasar. No la tomaron en cuenta y fueron capaces de seguir, sin detenerse ni mirar atrás.
Sorpresivamente, el paisaje llegó a un momento en donde debían elegir entre dos caminos. El camino de la espesa realidad mundana, sin sueños ni preguntas, o el camino que les hacía recordar el misterio por resolver, la pasión de la vida. Se detuvieron a observarse, a sentirse. A disfrutar del vacío. Miraban intensamente a ambos lados, y repararon en una sombra, la cual no se distinguía bien, pero supieron que por ahí debían seguir. No tuvieron miedo de lo que podía provocar aquella lobreguez, sólo deseaban llegar a su origen; pero se detuvieron, y con ellos los segundos, las horas, el viento; el mar.
Silencio.
No había nada.
Nada había que les perturbara la paz.
Todo se detuvo.
Todo se mantuvo intacto. Como si estuviesen renaciendo. Como si por primera vez se dieran cuenta de que existía otra forma de respirar. Una forma que se les había mantenido oculta, prohibida. Respiración que sólo alcanzarían si se quedaban tranquilos, en serenidad. Pero fue en ese momento de paz que sintieron que algo había en movimiento; algo que no estaba quieto; no quería estarlo.
Sólo existía un espacio, un espacio habitado, en donde las sensaciones y emociones les daban vueltas, buscando; queriendo escapar. Pero no podían, ya no había salida. En realidad sí la había, sólo una; el dejarse llevar. Asumieron que no subsistía escapatoria más que esa, y así lo hicieron, sólo se dejaron llevar.
La sombra, difusa, poco a poco se fue suprimiendo, sin que nadie se lo pidiera. Sin necesidad de palabras, sola lo entendió y desapareció. En aquel momento el espacio se encontraba absolutamente oscuro, pero había algo que lo iluminaba. Algo que poco a poco comenzó a crecer, en silencio, en un rincón; creció y creció hasta que no cupo dentro y tuvo que salir. ¿Quién le ayudo si no había más nadie ahí?, salvo ellos dos. Eso era lo que pensaban, que nadie más estaba cerca. Pero sí, ahí estaba. Ahí estaba la imaginación esperando el momento justo para ayudar, y lo hizo. Llegó lejos, alcanzado lugares inimaginables, ayudando al reloj, al viento y al mar a recuperar su vida. Y se sintieron. Nada se podían ocultar.
Quedaron de citarse por ahí, a ver si nuevamente se encontraban, ya que no todo estaba dicho, observado ni saldado.
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El tiempo no cura absolutamente nada, sólo te enseña a ocultar de la mejor manera posible.