jueves, 12 de marzo de 2009

Apoteosis

(Escrito 6 meses después del reencuentro)
Reencuentro parte II
.
.
Algo recuerdo de aquella noche. Noche en que todo dejó de ser una teoría para pasar a ser un hecho reproducible y comprobable.
.
Aquella noche, luego de haberle hablado por horas y escrito por otras tantas más, logré dormirme a su lado, pero algo había dentro de mí que me provocó un despertar incómodo y lacrimoso, con una angustia más que del corazón, del alma. Tenía tanta presión sobre mí y sumado a eso un gran secreto; pero yo elegí que fuera así, en realidad dejé que fuese así.
Aun tengo gravado en mi mente su particular y agitada respiración y creo que era por que de alguna manera él intuía lo que venia para el amanecer.
.
Ese día despertamos juntos, como pocas veces lo habíamos hecho, ya que uno de los dos debía levantarse primero que el otro. Lentamente abrí mis ojos y vi su rostro, su hermoso rostro dando hacia mi, y antes de despertarlo necesitaba contemplar cada detalle un momento más, casi y para memorizar cada rincón de su hermosura. Y lo sentí, sentí brotar ese sentimiento que crecía silenciosamente en mí, y que por tanto tiempo cobardemente había ignorado, pero una vez más, era tarde. Quien se debía ir ahora era yo, pero no a otra ciudad ni nada, solo debía irme de su vida antes de que mi sentimiento fuese insostenible para mi. Y sí, una vez más estaba siendo cobarde; en eso los años no me habían ayudado en nada, por el contrario. Mi cobardía se había acentuado hasta límites poco manejables.
Silenciosamente y explorando su belleza, luché contra ese sentimiento, pero a su vez me recordaba que era mujer y tú eras hombre y que por naturaleza era muy lógico que pasara, y así como luche contra el sentimiento, lo hice contra las lágrimas, pero a pesar de ello, brotaron como si hubiesen estado todo ese tiempo a la espera de ser liberadas del lugar en el que se encontraban guardadas. Sentí el sabor de la salada húmeda en mi boca y una sequedad abrasadora y sofocante en mis pulmones; una opresión que difícilmente me dejaba respirar y comencé a sollozar incontenible e inconsolablemente sola; ya te había dejado ir. Ya no estaba en mis manos el que estuvieses cerca de mí. Ahora solo dependía de lo que el camino quisiera para ambos y si su idea era que estuviésemos juntos, lo haríamos pero no porque nos buscáramos; solo sería por la mera coincidencia de ir, cada uno en su mundo, caminando por las atestadas calles de Santiago y encontrarnos. Como así fue. Si hace años hubiese sabido que seria así, créeme que me habría reservado un par de lágrimas para el momento en que te volviera a ver.
.
Después de algunos largos minutos, los sollozos fueron disminuyendo en intensidad y frecuencia hasta convertirse en largos suspiros y finalmente cesar. Sequé cuidadosamente mis ojos, pómulos y cuello. Y me dije: una última mirada y nada más. Me di vuelta y me fui. Una vez más volví a hacer lo mismo que hace unos años, con la diferencia que ahora anhelaba el momento de volver a ver tus ojos, pensando en que no te dejaría solo, que aunque no quisiera te dejaba gran parte de mi junto a ti. Parte que hasta el día de hoy no extrañaba.
.
Mi secreto; me enamoré de ti.
.

martes, 6 de enero de 2009

Colofón

La fragilidad de la vida
Sr. Equis parte V y final
.
La muerte nos lleva al lugar de donde vinimos y si ambos vinieron de igual lugar quizás ella al morir, podría volver a encontrar a su amor.
.
Hace poco conoció lo que eran los celos y no fue algo que le agradara para nada. Tenía tantas ganas de desollarme, de troncharme pero no podía, ya que la vida se le había adelantado y lo había hecho por ella. Sus celos eran entendibles; yo me había ido lejos de ella para no volver más y a su vez ella se había quedado tal como llegó al mundo, en la absoluta e inhóspita nada. Ya aburrida de su situación actual y pensando que su malestar general se debía a una enfermedad terminal, tomó la (cobarde o valiente) decisión de auto-infligir su muerte de la manera en que ella quería morir, no como el destino quisiera que fuera. Pero había algo que la Srta. Equis no sabía y era que las cartas del destino ya estaban tiradas y que independiente de los dos caminos que decidiera tomar, ambos la llevarían a la muerte, solo que uno de ellos de igual forma iba a dejar vida en este mundo, pero una vida solitaria; quizás su intuición fue más grande por lo que decidió que su muerte sería el día en que abriera el sobre blanco tan esperado, el que revelaría su estado terminal irremediable.
.
Dos semanas se demoraría en llegar el sobre, por lo que tenía tiempo suficiente para dejar todo en orden antes de partir, y su prioridad era terminar de escribirme aquella carta que empezó cuando aún yo estaba vivo. Lo hacía ahora, ya que no podía morir con todos esos sentimientos dentro; no se podía morir con esa carga en el alma. Con la carga de haberme amado tanto, pero nunca haber tenido la valentía de decírmelo con palabras, sino que con solo miradas. Por una parte se sentía en la plenitud de la locura, ya que la carta no llegaría a destino jamás. Pero sentía que en definitiva necesitaba hacerlo. Y lo hizo. Escogió su lápiz y un manojo de papel (sus favoritos) y se sentó cerca de la ventana. Respiró profundamente y comenzó a escribir.
.
Si tan sólo supieras como se alegra mi día con sólo escuchar tu voz, imagina como será cuando te veo, cuando observo tus maravillosos, brillantes y transparentes ojos que la vida me ha permitido tener en frente y que haya visto jamás, pero que ya no veré más a menos que vuelva todo atrás. Sé que no lo demuestro, pero es así, y aunque te llame de la forma que no te gusta, es solo por auto-defensa, ya que no encuentro posible que me haga feliz solo una voz; tu voz.
Eres tan importante para mí; como me hubiese gustado que lo supieras y, ¿sabes qué es lo que más duele?, es que no sé ni sabré si eso habría cambiado en algo las cosas. Se que te sentiste transitorio y pasajero en el año que duró nuestra relación, pero lo que menos significaste en mi vida fue la fugacidad; por el contrario fuiste todo, menos eso.
.
Una vez terminada la carta, la dejó del lado de la cama que yo solía usar cuando dormía con ella.
.
Poco a poco fue pasando el tiempo hasta que llegó el día en que recibiría el sobre con los resultados de sus exámenes. Por lo que ese día se despertó particularmente ansiosa. Se dirigió a la ranura que quedaba entre su piso y la puerta esperando encontrar lo esperado durante esas semanas, y ahí estaba su sobre, lo que indirectamente significaba su muerte. Antes de abrirlo, se dirigió al baño en busca de las pastillas que el médico le había recetado dos semanas antes para su insomnio, ansiedad y supuesta depresión que tenía. Tomó el frasco en donde ya había juntado previamente 30 pastillas (10 de cada tipo), sacó la cantidad de agua suficiente en su vaso preferido, cogió el sobre y se dirigió a su habitación. En el camino iba pensando que en realidad temía no volver a despertar, pero se consolaba con el hecho que nunca lo sabría. Una vez cómodamente sentada en el suelo abrió el envase, depositó todos los medicamentos en su mano y los fue depositando uno por uno en su boca. Cuando hubo terminado, tomó un buen sorbo de agua y tragó. Sin esperar sentir efecto alguno lentamente comenzó a abrir el sobre esperando leer al pie de página una nota de su médico pidiéndole que se dirigiera urgentemente a su consulta ya que no podía seguir viviendo sola en su estado, pero en vez de eso leyó lo que jamás pensó que leería; su enfermedad letal en realidad era la vida; su enfermedad era la herencia que el Sr. Equis había dejado para ella.
Sus ojos se llenaron de lágrimas a la vez que un calor y un vértigo inesperado subía rápidamente por su cuerpo hasta alcanzar su cabeza. Asimiló aquel calor y vértigo con el que se siente cuando se ama lo que se construye con las propias manos, pero que a su vez también puedes destruir. Y sintió rabia. Sintió tanta rabia por haber sido tan cobarde y atolondrada. Si tan solo hubiese esperado a abrir el sobre y luego ingerir las pastillas (…) quizás hubiese podido salvar su vida y la que llevaba dentro.
Todo se le removió. Se mareó pero no por el efecto de las pastillas, sino que por el hecho de saber que el Sr. Equis no la había abandonado completamente, sino que había dejado vida en su interior pero ella ya había acabado con ambas. Y poco a poco fue sintiendo que la muerte se le acercaba. Muerte que durante largo tiempo esperaba con ansias pero que ahora odiaba y pensó tristemente en lo mentirosa que era ya que si hubiese tenido la oportunidad de elegir sabía que volvería a optar de la misma forma, sabía que optaría por la muerte que por una vida acompañadamente solitaria.
.
Lloró desconsoladamente tendida en el piso, pensando en lo que había hecho, pensando en que esta era su última oportunidad de no actuar con egoísmo y demostrarse a si misma que era capaz de amar a otro y demostrárselo con hechos.
Paulatinamente su mente comenzó a apagarse, pero sus ojos no, ya que se vislumbraba el vestigio de la felicidad y la plenitud, pero a su vez estaban aquellas gotas grises de la nostalgia que queda cuando la muerte le arrebata el alma al cuerpo.
.
Detrás del Sr. Equis
.
Debo confesar que por loca y descabellada que parezca esta historia, al volver a leerla completa me di cuenta que tenía más de mí y de ti de lo que hubiese querido que tuviera. Solo me queda agradecer a las fuentes de inspiración que en su debido momento lo sabrán, además de saber qué de sus vidas es lo que está aquí escrito.

martes, 16 de diciembre de 2008

Solar

Sr. Equis parte IV
.
Y volvía a caminar sola por las calles como solía hacerlo antes de conocerme.
.
Se había propuesto volver a continuar con su vida y aunque le fuera difícil se propuso seguir adelante, pero no podía. Había algo en su mente que la perturbaba, que no la dejaba vivir en paz y era el solo hecho de seguir amándome profundamente y que aunque yo hubiese abandonado para siempre el mundo corpóreo ella no se daría por vencida de no volverme a encontrar; claro que no sabía como hacerlo.
.
Muchas fueron las noches en las que no podía dormir, por lo que no le quedaba más que pensar en mí. En que estaríamos haciendo en ese momento y sobre todo si le permitiría que se desvelara o le acariciaría el cabello, como solía hacerlo hasta que entraba en el sueño profundo. Se trataba de imaginar mis caricias, mi voz, olor, mirada, pero ya casi todo se había ido desvaneciendo con el tiempo. Solo conservaba mi olor, ya que sagradamente cada mes compraba el frasquito que encerraba a éste. Alguna manera tenia que tener para no olvidarme completamente. Para no olvidar al menos mi olor.
.
Muchas fueron sus noches de desvelo y locura, dando vueltas de allá para acá y de acá para allá, pensando en que era lo que podía hacer. Ya habían pasado dos meses desde que supo de mi muerte, pero aún no se podía reponer. Pensaba que quizás si iba y dormía sobre mi tumba todo mejoraría. Pensaba que quizás de esa forma podría volver a conciliar el sueño y dejar de saber que era lo que significaba vivir tanto de noche como de día, aunque ella claramente prefería vivir la mayor parte del tiempo de noche, ya que se sentía libre y sobre todo podía sentir y disfrutar masoquistamente su soledad. Soledad que ella en ningún momento pidió; solo se la entregaron. Soledad que le dejaron a la puerta de su casa dejándole entre ver que se las tenia que arreglar como pudiese ya que era una mujer grande, madura y laboralmente exitosa; claro que esto último durante este tiempo no había sido muy fructífero. Ya saben el porque.
.
Pero ella presentía que había algo más, algo de lo que no se había percatado, algo que había pasado por alto. Algo tenía que haber entre líneas ya que la vida no podía ser tan cruel y dejarla así, sin más de un día para otro en el absoluto abandono.
.
Ella tiene algo extraño, lo sé y es su manera extraña de ver y comprender al mundo.
.
¿Cómo no se iba a dar cuenta de que su extrañeza y sobre todo el hecho de no poder dormir, porque algo la inquietaba era solo porque yo no la había abandonado completamente?
¿Qué más me queda por hacer, para hacerle ver que mi vida se la entregué a ella de una forma totalmente distinta a la que se imagina?
¿Qué se la entregué por medio del ser que ahora lleva dentro?
.

domingo, 7 de diciembre de 2008

Exordio

(Escrito el mismo día del reencuentro)
Reencuentro parte I
.
.
Mientras tú duermes, yo escribo.
.
“Gradualmente, comenzó a remontarse hacia el pasado, a través de los túneles del tiempo, a una época antigua, primitiva, turbulenta…”
.
Y repicó el sonido del cierre de puertas; me había pasado de estación. Iba tan absorta en mi lectura, recorriendo pasajes de las antiguas escrituras, tan envuelta en un mundo ajeno a mi que jamás escuché “Estación Baquedano lugar de…” (punto de referencia a mi estación de bajada). Solo me quedaba esperar la siguiente estación para hacer cambio y devolverme las 5 estaciones que me había pasado. Volví a retomar mi camino, sin dejar de leer mi querido libro. Pero ya no tenía la misma concentración, algo inquietaba mi mente.
Recuerdo que cuando salí en la mañana de mi casa, sentí un olor muy particular que hace mucho no sentía y me quedó dando vueltas entre el bulbo y el límbico. Despertó lugares ancestrales en mi cerebro, reviví momentos, emociones, sensaciones, pero no logré asociar aquel olor a ningún rostro. Incansablemente trate de recordar y asociarlo a una imagen, mas no pude. Y nuevamente volvía a sentir aquel olor. No quería darme vuelta, no quería ver, no quería que me vieran. Sin saber a quien pertenecía aquel olor, sentía que su mirada estaba posada sobre mí. Una sensación experimentada también hace mucho.
Cerré mis ojos y agudicé lo que más pude mis sentidos (tenía un grado extraño de miedo y emoción). Me obligué a recordar, comenzando a pasar fotografías de personas que hubiesen pasado por mi vida y que a su vez llevaran un particular olor. Pasó una imagen, dos, tres, cuatro (nada), cinco, seis; devuélvete lentamente a la cinco, pasa lento a la seis; quédate con la cinco. La cinco, obsérvala, analízala, recuérdala, asóciala a tus recuerdos de la mañana (…) ahora, date vuelta.
Era a la imagen quinta a quien pertenecía aquel olor (dos estaciones para mi bajada), sentía que me habían descubierto, que ya no podía ocultarme más en la multitud. Me sentía como en un escenario vacío, sin escenografía ni nada en donde ocultarme, solo yo como actriz y mi quinta imagen como espectador (una estación para bajarme), (date vuelta), pero ya era tarde, ya se había ido de mis manos, me había ganado a mi misma.
Y recordé la última conversación que tuvimos, cuando me contaste que existía la posibilidad que te fueras a estudiar a otra región, a otra ciudad, a otra vida, a una vida bastante lejana a la mía. Recuerdo que no te dije absolutamente nada, ni siquiera miré tus ojos y por difícil que fuera trataba de seguir escuchándote; de no llorar. Recuerdo que hubo un silencio bastante largo y la proposición que te hice: ¿y si nos damos una oportunidad?, ¿que más da? ¿y si cuando estés lejos te das cuenta de lo que era para ti y te arrepientes y es tarde? Esperé un rato una respuesta y al no obtenerla, sólo te desee suerte, me di media vuelta y me fui. Esa fue la última vez que te vi, hasta el día de hoy.
.
Cuando recobré los sentidos me vi por el reflejo del espejo observando una anatomía que se interponía entre mi reflejo y yo (mi estación de bajada). Pero no pude, mis pies estaban pegados al suelo, y mis brazos rodeando aquella corpulencia tan extrañada y que la vida volvía a poner ante mí. Sin articular palabra nos bajamos en la estación siguiente (ya no había llegado a donde debía, pero en ese momento no me importaba, incluso creo que ni siquiera lo recordé) y nos sentamos donde primero pudimos (impacto; mi mente en cortocircuito).
Quería saber muchas cosas, que había sido de su vida, que hacía en Santiago, si estaba viviendo aquí o sólo estaba de paso, si había terminado su carrera, si tenia esposa, hijos, si era feliz. En fin, saber todo lo necesario de una vida que había formado parte de la mía, pero que al mismo tiempo no quise que siguiera siendo partícipe, por qué, por cobarde, inmadura e insegura, claro que él no lo hizo nada mal tampoco.
Recuerdo lo último que le escribí, no exactamente, pero si gran parte.
Pero bueno, eso vendrá en otra oportunidad.
Me contó que había terminado de estudiar su Ingeniería hace dos años y que ahora había venido a hacer un magíster en IEG (Ingeniería Estructural y Geotécnica), que solo tenía un hijo (el que yo había conocido) y que era feliz dentro de su solitaria vida. Ninguna relación le había resultado ya que había sido tal su dedicación a los estudios que jamás se preocupo de cultivar la otra parte de la inteligencia (la emocional).
Seguía siendo exactamente igual, proyectando la misma indecisión e inseguridad que lo llevaban a una inestabilidad reflexiva y de proyección de metas que habían hecho de su vida una existencia caótica. El sabía cual era su virtud (el estudio) y a eso fue a lo que se dedicó y lo hizo bien, pero le faltaba el complemento del que siempre careció: el amor.
Desde pequeño tuvo que ir construyendo su vida a solas. Desde que su madre había viajado al cielo y su padre se había encerrado en si mismo tuvo que aprender a conocerse por sus propios medios y tal vez a eso se deba su poca confianza en sí mismo, pues hay etapas en la vida en las que no puedes sobrellevarlas por ti mismo, y necesitas ayuda sentimental de tu familia, amigos, etc. Pero no lo tuvo, y tarde llegué yo a su vida, cuando ya nada podía hacer para ayudarlo más que alentarlo para que fuese alguien en su vida y tuviese al menos algo distinto donde refugiarse más que su propia soledad.
Aun sigo remembrando sus ojos, su mirada, su sonrisa, sus caricias, su voz, aunque no es muy necesario, ya que solo me basta con mirar hacia el lado y hacer mis recuerdos realidad.
Lo mejor de todo, es que aún no es tarde. Nunca ha sido tarde.
Powered By Blogger
El tiempo no cura absolutamente nada, sólo te enseña a ocultar de la mejor manera posible.