Reencuentro parte II
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Algo recuerdo de aquella noche. Noche en que todo dejó de ser una teoría para pasar a ser un hecho reproducible y comprobable.
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Aquella noche, luego de haberle hablado por horas y escrito por otras tantas más, logré dormirme a su lado, pero algo había dentro de mí que me provocó un despertar incómodo y lacrimoso, con una angustia más que del corazón, del alma. Tenía tanta presión sobre mí y sumado a eso un gran secreto; pero yo elegí que fuera así, en realidad dejé que fuese así.
Aun tengo gravado en mi mente su particular y agitada respiración y creo que era por que de alguna manera él intuía lo que venia para el amanecer.
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Ese día despertamos juntos, como pocas veces lo habíamos hecho, ya que uno de los dos debía levantarse primero que el otro. Lentamente abrí mis ojos y vi su rostro, su hermoso rostro dando hacia mi, y antes de despertarlo necesitaba contemplar cada detalle un momento más, casi y para memorizar cada rincón de su hermosura. Y lo sentí, sentí brotar ese sentimiento que crecía silenciosamente en mí, y que por tanto tiempo cobardemente había ignorado, pero una vez más, era tarde. Quien se debía ir ahora era yo, pero no a otra ciudad ni nada, solo debía irme de su vida antes de que mi sentimiento fuese insostenible para mi. Y sí, una vez más estaba siendo cobarde; en eso los años no me habían ayudado en nada, por el contrario. Mi cobardía se había acentuado hasta límites poco manejables.
Silenciosamente y explorando su belleza, luché contra ese sentimiento, pero a su vez me recordaba que era mujer y tú eras hombre y que por naturaleza era muy lógico que pasara, y así como luche contra el sentimiento, lo hice contra las lágrimas, pero a pesar de ello, brotaron como si hubiesen estado todo ese tiempo a la espera de ser liberadas del lugar en el que se encontraban guardadas. Sentí el sabor de la salada húmeda en mi boca y una sequedad abrasadora y sofocante en mis pulmones; una opresión que difícilmente me dejaba respirar y comencé a sollozar incontenible e inconsolablemente sola; ya te había dejado ir. Ya no estaba en mis manos el que estuvieses cerca de mí. Ahora solo dependía de lo que el camino quisiera para ambos y si su idea era que estuviésemos juntos, lo haríamos pero no porque nos buscáramos; solo sería por la mera coincidencia de ir, cada uno en su mundo, caminando por las atestadas calles de Santiago y encontrarnos. Como así fue. Si hace años hubiese sabido que seria así, créeme que me habría reservado un par de lágrimas para el momento en que te volviera a ver.
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Después de algunos largos minutos, los sollozos fueron disminuyendo en intensidad y frecuencia hasta convertirse en largos suspiros y finalmente cesar. Sequé cuidadosamente mis ojos, pómulos y cuello. Y me dije: una última mirada y nada más. Me di vuelta y me fui. Una vez más volví a hacer lo mismo que hace unos años, con la diferencia que ahora anhelaba el momento de volver a ver tus ojos, pensando en que no te dejaría solo, que aunque no quisiera te dejaba gran parte de mi junto a ti. Parte que hasta el día de hoy no extrañaba.
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Mi secreto; me enamoré de ti.
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